Menos es más
Hay que sentarse en la butaca y dejarse llevar y sentir y disfrutar. Y lo mejor es que tal vez muchos se quedarán con más ganas y se acercarán a los maestros Keaton, Chaplin, Lubitsch, Murnau o Lang para seguir gozando con este arte que un día fue algo así como el cine total.
A pesar de su oportunismo, teniendo en cuenta que antaño no se realizaban películas mudas, sino sólo películas, y que no se hacían por gusto, sino por necesidad, hay que alegrarse y saludar con todos los honores la llegada a nuestras pantallas de la producción francesa The Artist, escrita y dirigida por Michel Hazanavicius, porque es maravillosa, emotiva, sincera y porque nos conmueve y golpea el corazón.
¿Su inmensa calidad tiene algo que ver todo ello con que sea una película muda? Probablemente sí. Por mucho que a los cinéfilos nos guste el blanco y negro, en realidad casi siempre ha sido más una cuestión técnica que estética. Hazanavicius es consciente de ello así como de la falta de sonido. Es una apuesta no una imposición técnica. En definitiva, se trata de una trampa, aunque deliciosa, porque su creador juega con la ventaja que no tuvieron grandes maestros de la época como Buster Keaton, Ernst Lubitsch, F.W. Murnau, Fritz Lang, Charles Chaplin, D.W. Griffith, S. M. Eisenstein o C.T. Dreyer, cuya influencia en el cine llega hasta nuestros días.
Pero todo ello no resta un ápice sus valores artísticos, que son muchos. Que se pueda estrenar comercialmente un film mudo en b/n en casi todo el mundo es casi un milagro. Y que además tengo éxito y reconocimiento, ya es el no va más. Sobre todo teniendo en cuenta los tiempos actuales en los que la técnica se come al arte y en los que predomina el 3D, los efectos especiales y los presupuestos multimillonarios. Pero lo más significativo de ello es el demostrar que el cine sigue vivo.
Más allá de la belleza artística de The Artist, de los calificativos que está cosechando, de la multitud de premios que está consiguiendo y una carrera imparable hacia los Globos de Oro y los Oscars, su mayor logro es que no parece un homenaje a aquellas películas de los años 20, ni una parodia ni tan sólo un ejercicio de estilo: es una película más. Quizás también un desafío.
Para los más jóvenes pero también para los neófitos para este tipo de películas puede ser una ocasión de oro para acercarse o tal vez descubrir que este maravilloso arte tuvo una época gloriosa, dorada, irrepetible, de películas en las que no se hablaba y eran en blanco y negro. No es que todas las películas mudas fuesen buenas o muy buenas, también las hubo de escasa calidad o mediocres, hoy día olvidadas, pero como en ‘The Artist’, en el gran cine mudo no hace falta nada superficial. Sólo magia, gestos y la inocencia del espectador, que sentado en su butaca lee los labios y los míticos cuadros de texto incorporados.


