La cueva

Me logró seducir desde el hipotálamo, supe que no podría resistirme a su atracción y sin pensarlo ni un segundo me dejé tragar por aquella cueva.
Tuve que pasar por alto la farragosa parte de enamorarme, las hormonas habían decidido que yo perdiera la cabeza por él y, sinceramente, no acostumbro a contradecir los dictados de la naturaleza. La ocasión lo pedía con aquél hombre bien formado, sin nada de ropa, que parecía un salvaje, perfecto para la monta.
Me excitaba sólo imaginar un tórrido encuentro con él, sentía las típicas mariposas en el estómago. Al fin y al cabo, nunca supe diferenciar los síntomas del enamoramiento de los de la atracción sexual. A mí todo se me suele confundir: siento presión en mi cŭnnus y, a la vez, como una colegiala, tengo palpitaciones, rubor, respiración rápida, un leve temblor de las manos...
Una vez llegué a la entrada de la caverna pensé que ambos teníamos que estar en igualdad de condiciones, por lo que decidí desnudarme para inspirarle más confianza. Guardé la ropa en el interior de un tronco, lo último que quería era despertar sospechas y que alguien pudiera romper nuestra intimidad, si es que la conseguía.
Completamente desnuda, me adentré en la cueva, y no tuve que buscar demasiado, allí estaba, esperándome, asomando su cabeza por entre unas rocas. Me acerqué para poder verlo mejor, la luz del exterior me cegaba. Cuando logré verlo perfectamente, me dijo:
-No sé por qué has venido, pero deseo tu cuerpo. Con una desconocida siempre es más fácil amar.
Su voz era grave, aterciopelada, y me costaba concentrarme en el significado de sus palabras. Su voz era como una lengua sonora, que acariciaba mi cuerpo con la punta de la lengua. Decidí contestarle.
- Cuando me conozcas te será imposible dejar de amarme. Acércate a mí sin miedo.
Permaneció durante unos instantes inmóvil, pero nuestra química pudo con nosotros y se dejó arrastrar por aquella fuerza irresistible. Se cumplía la profecía, mi instinto sexual no falló, y a los pocos segundos su miembro entró en mí con la fuerza de un rayo.
Nos dejamos caer al suelo, la explosión de sensaciones nos erizaba la piel, y la fuerza del momento nos lanzaba de un lugar a otro, al albur de aquella marea de pasión. Era incluso un tanto agresivo, pero sus fuertes brazos siempre me cuidaban, me sujetaban, como salvándome la vida en el último instante.
Recorrimos aquel pasillo de piedras persiguiéndonos, cazándonos, revolcándonos. Subimos a lo alto de una inmensa roca plana, junto a una pequeña cascada que mojaba grácilmente nuestros perlados cuerpos.
Él siempre siguiéndome, yo dejándome atrapar. Cuando estaba entre sus brazos, me penetraba con la mirada, salvaje, tierna y obscena. Ninguno de los dos dijo nada. A veces él se reía como un niño bueno, hasta que un beso profundo cortaba su risa. Otras veces reíamos juntos o sonreíamos con una paz angelical que nacía de nuestras entrañas.
Cuando su semen estalló en mí sentí como si un cielo azul se abriera sobre nuestras cabezas, y mi cŭnnus nos regaló un orgasmo bestial, que me hizo sentir amada como un bebé. Él apartó sus rizos dorados de su rostro y con su boca me dio de beber agua del manantial.
Yo tenía todavía en mi mente el eco de la vida allí afuera, los últimos recuerdos de la mañana, pero parecían haber ocurrido hacía miles de años. En aquella cueva, junto a aquél hombre, todo aquello asemejaba lejano y odioso.
Estábamos abrazados, mojados, unidos por algo que bullía más allá de nuestros corazones, por un latido galáctico, que se dejaba sentir con toda su fuerza precisamente allí, a un paso del centro de la Tierra.
-¿Es esto el amor?-me dijo, y besó la punta de mi nariz.
Su mirada me recordó la carita de un gatito abandonado y sorprendido. Estaba entre desconcertado y asustado. Era hermoso, varonil, sensible.
-Es un designio contra el que nada puede hacerse. Me excitas de un modo sobrehumano, y yo a eso le llamo amor, le dije.
Me incliné para besarlo de nuevo, y nos fundimos en un beso que volvió a llevarnos al clímax. Fue un baile lento y lleno de una pasión dormida que había despertado con la fuerza de un dragón, pero terminó justo cuando él deslizó un anillo sobre mi dedo.
Quedamos un instante tendidos sobre la piedra, mirándonos, remirándonos embelesados. Él se incorporó, tomó mis manos y me levantó. Reía como un niñó, daba vueltas conmigo en brazos, parecía muy feliz.
Al poco se detuvo, besó mi dedo con el anillo, yo volví a colocárselo en su dedo y le besé también la punta de su nariz con el te quiero más volatile y auténtico que nunca he pronunciado. Me puse de pie, y salimos de la cueva. Allí afuera, un sol resplandeciente nos obligó a cerrar los ojos, y a volver a soñar despiertos.

